Nos ha dejado el señor de los licores. Para la memoria de la horchatería un golpe bajo. También para la memoria del barrio, porque quedamos pocos para decir esto fuimos, esto somos. Y cuando las cosas vienen así, nos volvemos impredecibles y sólo podremos echar mano de las fotos de archivo. Nos ha dejado un amigo del barrio, y un amigo del Yayo de la horchatería. Hijo del licorero Clarós, juntos compartían juegos y trabajo, porque en ese tiempo no había margen para escaqueos, “si quieres fiesta, primero trabaja”, así era la vida de los vecinos del Poblenou de los ’30. Así se hizo el barrio, y a la sombre de esos valores surgieron los centros culturales, las asociaciones, los clubes y los comercios de toda la vida. Con vecinos como Pere se pudo crecer desde dentro. Vecinos que compartían visiones, y sueños, y horas de trabajo, y compañerismo.

Pere Claròs se lleva un trozo importante de la vida de la horchatería, vida y milagro se lleva. En vísperas del primer siglo de la horchatería hicimos el libro conmemorativo no sólo de la tienda sino de los vecinos que sabían más de nosotros que nosotros mismos y por supuesto Pere nos dejó sus palabras, algunas de las cuales no se publicaron y hoy las queremos compartir:  «Vine a vivir a Barcelona, mi padre tenía una fábrica de licores y cuando acabó la guerra nos vinimos para Poblenou, a la calle Pujades. Mi abuelo tenía una fábrica de licores en Panamá. Somos licoreros de tradición. Se puso una fábrica al lado del canal de Panamá. Era un indiano. Vinieron a Badalona. Mi padre se casó con una mujer de Badalona, y se fueron a liquidar los negocios de mi abuelo. En la guerra civil nos cerraron la fábrica, y a mi padre lo tuvieron preso. Se salvó porque el consulado de Panamá abogó por su liberación. No fui al colegio, me perdí los cuatro años durante la guerra civil. Se acabó la guerra y me buscaron un colegio muy cerca de aquí, donde iba la gente medianamente bien.

En el ‘39 conocí a Alfonso, íbamos juntos a la escuela. Éramos grandotes pero íbamos a clase con los pequeños. Hice amistad con él, viajábamos en tranvía a Barcelona, éramos un grupo de siete u ocho. Alfonso dejó el colegio porque tenía que hacerse cargo del negocio, y le pusieron un maestro domiciliario. Con Alfonso nos hicimos mayores y salíamos los domingos por la mañana, aunque él estaba muy atado a su trabajo. Era gente que venían de la costa de Levante y Alicante y trabajaban sin descanso. A veces íbamos al muelle y nos dábamos un paseo de un par de horas en barco. Recuerdo a Gerónima: tenía un mostrador muy pequeño, que daba a la calle, vendía cacahuetes, chufas, garbanzos que los niños comprábamos con las moneditas. Y las castañas… buenísimas. La señora aguantaba la casa, el marido se pasaba la vida haciendo negocios, no siempre exitosos.

Joan después de la bomba de la calle Wadras, abrió un mostradorcito, que daba a calle, y la señora estaba todo el santo día ahí. Ella hacía su caja, e ingresaba sus pesetas.  Joan era un aventurero. Una vez compró un barco de plátanos, salió a subasta, y luego, dijo, qué hago con los plátanos. Otra vez hubo una subasta del Ministerio forestal, donde adjudicaban una montaña con el derecho de talar los árboles y disponer de la madera. Todo fue bastante bien, pero luego quiso comprar un camión para trasladar la madera. Entonces, Alfonso fue con su padre a Huesca, en pleno Pirineo, en Barbastro. Era una suerte de Quijote. Y nunca alcanzaba el dinero para planes tan ambiciosos.

Mi vida estuvo muy cercana a la de la familia Iborra, un día Joan se fue a Játiva, donde fabrican juguetes y compró un lote gigantesco con la intención de venderlo para reyes, alquiló un local y la venta fue mala. Yo trabajé en ese emprendimiento.  Otra vez compró otro local, por la calle Lope de Vega e hicieron una charcutería, pero nadie sabía cortar el pernil. Allí salió al ruedo Alfonso y una cuñada, pero la tienda duró un par de años.  Tenía dos mostradores, era bien grande. Joan me pidió que fuera el contable. Quiso que averigüe donde se iba la ganancia. No daba para administrar un negocio sólo con buenas intenciones; los chorizos al secarse, perdían  peso, y como compraba cantidades gigantescas perdía dinero todo el tiempo. Tampoco resultó un negocio de mercería y mientras compró un 600 que conducía yo, pero no funcionaba bien. Se cambió por otro mejor… Así era la vida de Joan. El perdía y Gerónima , una matriarca organizada y tenaz ganaba con la horchata, el helado, era lo suyo.

Nos hacíamos tiempo para jugar, Alfonso, no corría detrás de una pelota, era un soñador, le gustaba muchísimo ir al cine, leer biografías de personajes, sabía lo que quería, le fascinaban las historias de barcos piratas, la geografía, vivía mirando mapas.

Tenía un limpiabotas en la plaza Universidad, de allí se iba a comprar la revista alemana de aviación y barcos, y luego nos íbamos a tomar un coctel. O venían a la fábrica de licor. Mamá nos hacía almendras con sal.  De cara a Navidad teníamos un aparato para destilar el alcohol, para sacar el néctar, iba a carbón, así se calentaban las hierbas. El alambique no paraba, de día y noche, y yo era el encargado de echar el carbón, entonces y para no dejarme solo, venían el Mariano de la panadería Juncàr,   el Jordi Vives, Juan Coloma, y nos hacíamos un poker en la fábrica, y bebíamos un trago de licor aunque éramos muy cuidadosos. En primer lugar porque era mi trabajo, y luego porque mi padre nos tenía amenazados, como era invierno les preparaba un ron quemado, delicioso. Los tenía hipnotizados con los cócteles, mezclaba para mis amigos: les hacia un anís colorado, un coctel verde, ellos estaban encantados. Lo servía en copas de tres colores y no se mezclaba, porque jugaba con diferentes densidades. Era magia.

La esquina del Tío Che, era la vida del barrio. En la farmacia, al lado del Tío Che, había tres chicas, y veníamos a bailar al Casino. Alfonso estaba atado, atender mesas, llevar sacos de azúcar, mover la horchata, para acompañarlo íbamos a la horchatería, y ese el lugar de reunión. Cuando cerraban salía con nosotros, pero era un hombre muy tranquilo. Le gustaba ir al cine, sabía las carteleras de espectáculos de memoria. Era un polemista, él y Coloma vivían discutiendo de política, pero al otro día eran amigos como si nada. Era un gran amigo. Una persona que vivía para ayudar.

La fábrica de licores duró hasta el 58. Mi padre lo perdió todo.

 

El horchatero centenario de Poblenou en pleno julio siente un frío de invierno. Ha sido un golpe bajo tu partida, Pere Clarós, no se cansa de repetirlo. Muy bajo.